Voy a confesar algo antes de seguir: hace unos meses empecé esta misma partida con una plantilla muy similar. Bueno, en vez de Radioshack, el patrocinador era Omega Pharma. Y en vez de Cancellara tenía a Boonen. Pero el resto era casi la misma plantilla. Salvo una ausencia muy significativa: Sylvain Chavanel. En aras de configurar un equipo lo más joven posible había renunciado al veterano francés. Una tarde, a mitad de Tour del Mediterráneo, le confesé a mi hermano, algo así como mi mano izquierda y unos cuantos dedos de la derecha en todo lo concerniente al PCM en particular y al ciclismo en general, que no me gustaba mi equipo, que no quería seguir la partida porque, autocitándome a mí mismo, "no sé correr sin Chavanel". El francés es, desde que me recuerdo jugando al PCM, "mi chico para todo". Le he tenido en mi equipo desde el PCM4, he ganado monumentos con él (San Remo, Lieja, Lombardía...), establecí una tiranía sin igual en la Amstel con 4 victorias consecutivas, era el último bastión en el pavés antes de que los dioses Fabian y Tommeke desatasen tempestades, he ganado etapas en todos los Tours que he corrido con él (hasta 3 el mismo año) así como la general de la montaña en 3 ocasiones. Campeón de Francia, campeón del mundo contrarreloj... Siempre que pasaba algo importante, ahí estaba el Gran Sylvain. Así que basándome tan sólo en su injustificable ausencia, decidí reiniciar la partida, esta vez con el francés en mis filas y otorgándole además galones de Mariscal de Campo con mando en plaza, (del cambio a última hora de patrocinador ya hablaré otro día).
Viene a cuento todo esto porque en la segunda mitad del mes de marzo Chavanel ha sido el dominador absoluto del pelotón internacional. 4 victorias finales más 2 parciales en 15 días le acreditan desde ya como el gran triunfador del invierno ciclista junto a Alberto Contador. Pero no corramos tanto y vayamos desenmarañando la pequeña red que es la historia de la última semana del invierno y la primera de la primavera. La historia del "mes de Chavanel"
MILÁN-SAN REMO
Llegaba a La Classicissima con un sabor agridulce. Había conseguido algunas victorias, la mayoría de perfil medio (las últimas, Chavanel en una deslucida Nokere y el doblete de Van Avermaet en Città di Stresa y Handzame Classic) pero como ya conté en mi anterior entrada, había acumulado un buen número de dolorosas derrotas por lo que las dudas eran más que razonables. Así que con un equipo que gravitaba en torno a Fabian Cancellara tomé la salida en Milán dispuesto a apuntarme la primera victoria realmente trascendental, verdaderamente meritoria del año. La táctica era infiltrar algún corredor en la escapada que a buen seguro se formaría a los pocos kilómetros de salir y así liberarme de tener que trabajar atrás. Luego permanecer atento en el grupo en los cincuenta kilómetros finales, donde realmente se juega esta clásica, controlar cualquier escapada con Chavanel hasta pasar La Cipressa y a partir de ahí que el propio Cancellara, en persona, saliese a los ataques que se produjesen en el Poggio, aunque sabedor de que los cambios de ritmo no favorecen al corredor suizo, mi idea era subir el último muro de La Classicissima a un ritmo tan brutal que nadie se atreviese a salir. Luego, cuando estuviésemos a punto de coronar, lanzar a Fabian en el descenso y presentarme en la Via Roma de forma imperial. Bueno, pues pocas veces el desarrollo de la carrera me habrá salido tan calcado a la táctica prevista... salvo el desenlace. Después de controlar la escapada del día aunque sin infiltrar a nadie, después de someter al pelotón a la tiranía del "molinillo" de Fabian en Cipressa y Poggio, después de lanzar en solitario al propio Cancellara a 200 metros de coronar el Poggio, después de acumular una renta de casi 30 segundos sobre Gilbert y Sagan en el descenso y de pasar la pancarta del último kilómetro con 17 segundos de ventaja... después de todo eso, decía, un último y furibundo arranque de rabia del maillot arco iris iba a arrebatarme de la forma más dolorosa posible, esto es, a cien metros escasos de la línea de meta, la victoria final en el primer monumento del año. En Niza y Tirreno había perdido porque era claramente inferior a mis rivales y por tanto, aunque no me guste perder, tenía que dar por bueno el resultado. Pero en San Remo no y por eso, ésta se convertía automáticamente en la derrota más amarga en lo que va de temporada.
Cancellara arranca la moto en la cima del Poggio. Abajo, a la vista, espera la recta de meta de la Via Roma
DE HARELBEKE A LA GANTE-WEVELGEM
Ya desde antes de perder San Remo había decidido mandar a Fabian, entre otros, de concentración a Oudenaarde para mejorar mis prestaciones en pavés con el fin de presentarme a Flandes y Roubaix en las mejores condiciones posibles. El único problema, a priori, es que sacrificaba mi mejor opción en dos carreras bastante atractivas como son Harelbeke y Gante-Wevelgem. Este pequeño hándicap se me antojó un obstáculo insalvable tras la muy dolorosa derrota en La Classicissima. Había pasado de querer la victoria a necesitarla. Y fue en ese momento, cuando los Hombres siempre dan un paso al frente, cuando emergió la figura inmensa, descomunal, de un titánico Chavanel. Arropado por un equipo joven pero sumamente talentoso (Phinney, Moser, Malori, Hermans, Meersman...), el francés fue el héroe que Radioshack merecía pero sobre todo el héroe que Radioshack necesitaba. Y eso que enfrente tenía toda una pléyade de figuras: Boonen, Sagan, Gilbert, Hushovd, Ballan, Flecha, Pozzato... inferior a muchos de ellos en adoquines, más lento al sprint que otros tantos, la única táctica posible para afrontar este "Pequeño Tour de Flandes" era aprovechar los muros con sus pasos estrechos para buscar cortes de corredores mal colocados y así reducir la nómina de favoritos al mínimo. En este caso la suerte se alió con los Radioshackboys y en ese primer paso estrecho quedaban cortados precisamente los pistoleros más rápidos a este (y el otro) lado del Mosa. Sagan, Hushovd, Boasson-Hagen y Degenkolb quedaban relegados a un tercer grupo. En el segundo paso se había quedado cortado Boonen con una buena nómina de gregarios así que la táctica, teniendo en cuenta que yo había colocado a mis siete chicos en cabeza, era clara: tirar fuerte pero sin volverse loco para obligar a los gregarios del belga a trabajar y a la vez distanciar entre todos a los velocistas. Así fueron pasando los muros, Boonen y sus extenuados chicos lograron entrar en el grupo, sí, pero sólo unos pocos kilómetros después el checo Stybar era todo lo que le quedaba al belga de Omega. Los demás habían desfallecido. Y el resto de capos eran historia, la carrera estaba claramente delante.
Pozzato se mostraba particularmente agresivo y lanzó un par de ataques cuando ya habíamos coronado los últimos muros. Boonen parecía fuerte y salía sin problemas a las andanadas de Pippo. Yo, intentando mantener la cabeza fría, respondía sólo cuando el belga ya lo había hecho. Estaba convencido de que era la rueda buena. A la mía, un eficaz Ballan, que sin mostrarse deslumbrante si parecía suficientemente fuerte como para disputar la victoria. Y detrás de nosotros, el incansable Flecha se dejaba todo por entrar después de haberse apoyado durante kilómetros en Hoogerland y Leukemans. Pero cuando estaba a menos de 30 segundos de la cabeza se produjo el momento crucial de la carrera: quedaban cuatro kilómetros para la meta. Pozzato lanza su órdago, para mi sorpresa Boonen permanece sentado y parece realmente exhausto. Me había equivocado, la rueda buena ese día era la del italiano así que salgo tras él mientras compruebo que ni Tommeke ni Ballan parecen en condiciones de alcanzarnos. A poco más de un kilómetro Pozzato lanza definitivamente el sprint, Chavanel resiste a su rueda y justo antes de llegar al arco hinchable de los últimos 1000 metros sale de la rueda de Pippo... pero entonces se desencadena el drama: Pippo está fortísimo y cuando parece que ya ha perdido la rueda de Chavanel, empieza, para mi enorme sorpresa y mi aún más creciente angustia, a remontarme. Poco a poco asoma por la derecha de Sylvain. El fantasma de la Via Roma planea entonces sobre la recta de meta de Harelbeke. Pero esta vez las fuerzas me acompañan y el último arreón de Pozzato es insuficiente para superar a Chavanel, que se impone finalmente por menos de una rueda de diferencia, lo que, unido al estado de ánimo generado por la derrota en San Remo convierte ésta en una de las victorias más dulces y celebradas que recuerdo en el PCM. Y en el vórtice de tanto éxtasis, como tantas y tantas veces estuvo, encuentro a Sylvain Chavanel. El que siempre está cuando ya no me queda nadie.
Chavanel, excelso, hace la selección definitiva en el último muro adoquinado de Harelbeke
De la Gante-Wevelgem apenas puedo contar nada debido a un extrañísimo bug del juego que me impidió disputarla realmente pues de cuatro intentos, el juego acabó echándome las cuatro veces, así que, por una vez, me vi obligado a correr una prueba en el modo "simulación rápida". Definí una táctica en la que todo volvía a girar en torno a Chavanel y cual fue mi sorpresa cuando unos segundos después me aparecía en pantalla la clasificación con el francés como vencedor absoluto, con 30 segundos de ventaja sobre un grupo de cuatro corredores formado por Sagan, Pozzato, Leukemans y Langeveld. Sylvain proseguía su mágico mes de marzo. Y aún quedaban pruebas por disputar. Pero de eso ya hablaremos otro día.



















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