TOUR DE FLANDES
Vaya por delante que no me
gusta nada el nuevo trazado de De Ronde. El circuito final me parece francamente mejorable
y que hayan quitado la subida al Kapelmuur una auténtica aberración, un
sacrilegio descomunal. Pero sigue siendo el Tour de Flandes y ahí no vas en
chándal. Ahí llevas tus mejores galas. En mi caso, una prima donna y una excelsa guardia
pretoriana capaces, algunos de ellos, de resolver por sí mismos llegado el
caso. Y es que Fabian iba a estar arropado por los Van Avermaet, Phinney,
Kwiatkowski, Farrar, Van Keirsbulck, Keukeleire y sobre todo por el gran
triunfador hasta ahora del invierno norteño: el francés Chavanel. La misión de
todos ellos era mantener protegido al suizo y acompañarle lo más lejos posible
para que cuando se cruzase el punto de no-retorno, su líder se encontrase lo más
fresco posible.
Pero pronto toda táctica prevista salto por los aires hecha añicos. Tras unos primeros 100 kilómetros de manual (fuga consentida, calma
tensa facilitada por las anchas carreteras…) se llegaba al primer muro de
adoquines. Un paso corto y estrecho en el que era fundamental llegar bien
colocado. Sabedor de
la importancia de cruzar estos pasos en cabeza y sobre todo de que siempre hay
algún favorito que no lo hace, puse a mis chicos en la punta de lanza del
pelotón y forcé el ritmo. Y el resultado no pudo ser más sorprendente ni más demoledor: algunos de
los máximos aspirantes al triunfo final, curiosamente lo más rápidos en las
llegadas masivas, quedaban cortados. Sagan, Boasson-Hagen, Degenkolb, Gilbert…
todos ellos perdían contacto con el reducido grupo que coronaba en cabeza los dos
siguientes muros. A partir de ahí la táctica de mis Radioshackguys mutó. De correr a la contra, esperando movimientos
ajenos, pasamos a tomar la iniciativa para intentar sacar de carrera
definitivamente a esos capos
despistados. Fue un pulso terrible durante unas decenas de kilómetros aunque, en
realidad, nunca tuvieron oportunidad y cuando la carrera entró en su parte
decisiva ya estaban eliminados definitivamente de la lucha.
A partir de ese momento se
iniciaba otra guerra. Como siempre sucede en las clásicas, sobre todo en las de
adoquines, el ochenta por cierto de la prueba tratas de no perder y sólo
en el veinte restante te enfrentas a lo verdaderamente complejo, a la
hercúlea tarea de intentar ganar. Y ahí es cuando cada paso es decisivo, cada
movimiento puede conducir al abismo o a la gloria. En esta edición del Tour de
Flandes ese momento llegó en el último paso por el Paterberg: Boonen, imperial,
hace una de sus espectaculares aceleraciones. Sin levantarse del sillín, a base
de fuerza, de una tracción casi animal, pone el reducido grupo en fila. Fabian es el primero en responder y
coger rueda. Detrás llega Flecha, erguido sobre su bici. Chavanel parece ceder,
unos metros detrás… y entonces se desencadena el infierno. Chavanel, que parece milagrosamente recuperado, lanza un poderoso ataque, no pretende entrar, no. Es un ataque, no un acelerón.
Pasa como una exhalación junto a Flecha en el momento que este se pone a rueda
de Fabian. El suizo y Boonen ven pasar también al francés lanzado. El belga
reacciona. Coronan en medio de la histeria. Cancellara coge la rueda de Boonen
y ambos se lanzan, muro abajo, en pos de Chavanel. Flecha, con más problemas,
renquea en la parte trasera pero no cede. Más atrás es Breschel el que se
resigna a ser olvidado. Boonen caza a Chavanel y el francés se detiene.
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| Los favoritos inician, con Cancellara en cabeza, la última ascensión al Paterbeg. La carrera está a punto de resolverse |
Y ese es
el momento que decide el Tour de Flandes de 2013, porque Flecha ha recuperado y repite,
tal cual, la maniobra de Chavanel. Lanza su ataque según llega a la cola del grupo y
cuando pasa junto a los favoritos lo hace a tal velocidad que resulta imposible
cogerle rueda. A partir de ahí se inicia una persecución de 10 kilómetros en
los que, incomprensiblemente, tanto Boonen como Breschel, que también ha entrado
aprovechando el rebufo de Flecha y el parón previo, parecen renunciar a toda
opción de ganar. Así las cosas, no queda más remedio que tirar a muerte con
Fabian sabedor de que en una llegada en grupo mis posibilidades son casi nulas.
En realidad estoy eligiendo como quiero perder. Porque Flecha tiene El Día y
resulta inalcanzable. En el sprint, ni un exhausto Fabian ni un renacido
Chavanel, pueden con Boonen y Breschel que, por ese orden, cruzan la línea de
meta. No hay podio, no hay medallas, no hay honores. El cuarto y quinto puesto
es un botín demasiado triste, excesivamente paupérrimo si se compara con las aspiraciones, como para celebrar nada. Se ha perdido y aunque
haya sido peleando, se ha perdido. Pero eso sólo alimenta las ansias de lucir en
Roubaix, de conseguir una victoria que resulte memorable.




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